Wednesday, May 20, 2009

La Dama de la Noche

Creo que aquello comenzó un tiempo después del Gran Terremoto. Lo cierto es que muy bien no lo recuerdo porque la lejanía de mis antorchas fue tal que los días se sucedían sin pedirse permiso. Al día de hoy todavía no se cuántos días pasaron entre el Terremoto y su llegada. Pero llegó.

Fue poco después de mis primeros pasos hacia La Antorcha de Cristal luego de tantos días, luego de ese tiempo que había pasado yo en la oscuridad, tan temeroso de volver a caminar por miedo a sentir la tierra temblar bajo mis inseguros pies una vez más.

Tembloroso, recuerdo que me incorporé una noche de Luna Llena. Es quizás la única referencia que tengo de aquel momento. El halo mortecino en el que me envolvía esa luz era suficiente para ver el camino que me llevaba al pie de mis Antorchas. De vuelta a mi lugar, de vuelta a caminar hacia delante.

Reencontrarme con ellas hizo que mis ojos se inundaran de lágrimas, lágrimas cargadas de una nostalgia que ya mi corazón no podía soportar. Mi lugar siempre había sido a su lado y por culpa de aquel Terremoto lo había abandonado, agobiado por la tristeza y el desconsuelo. Y el horrible temor de no volver a ver la luz del Sol nunca más.

Por que ese fenómeno había cubierto el cielo con polvo y sombras, sombras que convirtieron los días en noches eternas, noches sin estrellas, noches sin nada más que oscuridad. Y yo, que había sido arrastrado por ese terremoto hasta la pared más alejada de mis Antorchas, busqué un pequeño recoveco en la irregular y opaca pared de piedra para quedarme allí, apenas protegido, apenas escondido.

Permanecí allí tanto tiempo… Tanto tiempo que perdí la noción de muchas cosas y, entre ellas, la noción del calor.

Me encontraba allí, solo y solo puedo recordar que un día miré hacia arriba y descubrí, con renovada esperanza, que no quedaban más cenizas cubriendo el cielo, que la Luna, majestuosa, dominaba la escena.

Fue esa noche que me acerqué a las Antorchas de nuevo y cambié aquel hueco en la pared oscura por la compañía de ellas, de las luces de mis noches, de la guía de mis días.

Recuerdo que la primer noche la pasé junto a La Antorcha de Cristal, que me acompañó como siempre, como si no hubiera pasado ni un día desde la última vez que había estado con ella, disfrutando de esa luz que no tiene igual, de esa luz que tiene una magia inacabable, infinita. Pero noté que algo había cambiado. No en el fuego, si no en la antorcha misma. Me acerqué a ella y encontré un colgante.

Si, un colgante. Era un colgante de un color verdoso, esmeralda si la luz me ayudaba. Lo examiné durante un largo rato. Era hermoso.

Pero…

Por qué estaba ahí? Qué hacía colgando de mi Antorcha de Cristal? No se parecía en nada a ella, no podía haber salido de allí. Y tampoco podía haber caído del cielo.

Lo devolví a su lugar y me acosté a dormir. Y dormí como nunca, solo perturbado por una ráfaga de viento que amenazó con despertarme, pero no hizo más que apenas inquietrme.

Al día siguiente, luego de mi primera noche de vuelta, me incorporé y decidí que era hora de caminar nuevamente, que era hora de ver qué era lo que mi Laberinto me deparaba en el próximo pasillo. Pero antes de empezar a caminar, algo me llamó la atención de mi Antorcha de Cristal… El colgante no estaba más. Durante la noche, había desaparecido.

Ese día pareció eterno. Mis pies ardían, desacostumbrados a andar. Me costó mucho avanzar, pero el día me ayudó, puesto que pareció eterno.

Al llegar a ese nuevo pasillo ya con el Sol a punto de esconderse tras la pared más alta del Laberinto, me apresuré a acercarme a mi Antorcha de Cristal. Mi sorpresa no pudo ser mayor al volver a encontrar ese colgante esmeralda que oscilaba, merced del viento, casi hipnóticamente.

Esa noche me quedé nuevamente bajo mi Antorcha de Cristal, sabiendo que no sería una noche más.

Una ráfaga de viento helado me hizo tiritar y amenazó con extinguir hasta la más luminosa Antorcha de mi pared. En cuanto la ráfaga desapareció, oí pasos.

Y me asusté, puesto que la última vez que mis oídos habían percibido algo diferente al crepitar de las llamas, era el Terremoto que había empezado.

Pese al pavor que invadía todo mi cuerpo, dirigí mi mirada hacia los pasos.

Y la vi.

Sus ojos vivaces no conocían la calma, no conocían la quietud. Brillaban en la noche con la fiereza del fuego. Era hermosa y sus pasos eran implacables. El suelo de mi Laberinto aún era irregular por culpa de aquel Terremoto pero a ella parecía no importarle. Caminaba como si una alfombra se fuera extendiendo bajo sus pasos.

Se detuvo a mi lado y casi no me miró.

Tan sólo tomó el collar esmeralda y lo devolvió a que, luego comprendí, era su lugar. Alrededor de su cuello.

Caminó sola una vez más y se perdió en la negrura de la noche, más allá de la luz de mis antorchas. Y yo me quedé, petrificado, debajo de mi Antorcha de Cristal, como pidiéndole explicaciones.

El día siguiente llegó y se fue casi sin darme cuenta, puesto que mis pies, presurosos y abandonados al dolor, me llevaron hasta el pasillo siguiente, hasta la Antorcha de Cristal una vez más.

Y, también una vez más, estaba el collar esmeralda colgando, esperando por su dueña como había sucedido en las otras dos noches.

Esa noche no me senté, sino que esperé de pie hasta escuchar los pasos.

Una vez más el viento, una vez más los pasos.

Cuando ella llegó hasta donde estaba yo, dedicó eternos instantes a contemplar mis ojos.

Se presentó como La Dama de la Noche y tomó su collar. Pero esta vez, no se lo colocó, sino que, con un ademán, me indicó que me agachara.

Entonces lo impensado sucedió y mi cuello vistió ese collar esmeralda que, durante los días, me mantiene esperando que el Sol caiga una vez más para que la ráfaga de viento me vuelva a anunciar la llegada de La Dama de la Noche.